Casi a bordo
Hay gente que huele a armario con naftalina. O a la estantería empolvada que sostiene botellas vacías que alguna vez se pensaron como decoración. A casas con sillas de tapizado viejo y mantel plastificado.
Por suerte no estoy oliendo a nadie así en el aeropuerto, pero sé que por ahí andan. Me doy cuenta con verlos de lejos.
En los aeropuertos envidio a los familieros. A los que viajan en clan, se ríen o se putean, pero andan juntos como manada. Yo viajo sola.
Al del mostrador de la puerta de embarque le está costando mucho pronunciar el nombre de un pasajero asiático. Va por su tercer intento.
Como estoy aburrida y con sueño, voy a apuntar algunos fragmentos de vida de los últimos días y otras cosas que pronto se verán si tienen sentido:
Me gustan las verdulerías de Buenos Aires. Ahora me pregunto por qué en algunos lugares se llaman fruterías, en otros verdulerías y en otros directamente no existen. Es bonito que existan. Las observo a menudo, con sus cajones tan característicos que agrupan cada tipo de vegetal y que crean bloques de colores, respetando una paleta dictada por la estación. Si las veo de lejos, parecen cuadros de puntillismo accidental.
Antes de irme, salí al balcón a contemplar la ciudad. Había una temperatura ideal, unos 25 grados y humedad. De fondo, decoraban el paisaje sonoro los chorros de la pileta y el eco de ladridos de perros. El río estaba bien calmo, me dio hasta rabia que fuese una noche tan ideal. Justo la noche en la que me las tomo. El skyline de la ciudad parecía otro cuadro de puntillismo, pero esta vez más desdibujado, con sus millones de luces difuminadas. Tan bien puesto el nombre de Ciudad Autónoma. Allí se quedaba ella sin mí, sin importarle mi presencia entre tantas gentes. Hasta casi sentí que me expulsaba con indiferencia, y no me gustó nada.
Juan me tiró agua y me dijo algo en árabe que su abuela dice para desear un buen viaje. Levantó su botella en un sutil gesto de amenaza (yo juraba que me iba a echar agua encima), pero me explicó que se tira a la calle, y que sirve para marcar ese punto en el que el agua te separa y, a partir de ese acto, ya uno no se puede tocar nuevamente. Es un tipo muy elocuente.
Los últimos días estaba triste porque había perdido un anillito de oro que suelo llevar en el meñique, que tiene grabado “MARTITA”, el diminutivo del nombre de mi abuela paterna. Me miré la mano izquierda el otro día en un Uber y no estaba en su lugar de costumbre. Cuando llegué a mi casa, lo busqué un buen rato y nada. Mandé mensaje a los lugares donde había ido ese día para ver si lo encontraban y nada. Yo sabía que algún día lo perdería, pensé. Y así pasaron los días, sin mi anillito. Me agarraba el dedo cada tanto, en el hábito de buscarlo y darle vueltitas. Pero nada. Hoy, antes de salir al aeropuerto, me di una ducha y me exfolié con un guante que dejó mi abuela materna, que creo que usé máximo cuatro veces en los tres meses que estuve en el país. Cuando me saqué el guante, como arte de magia apareció el anillo puesto en el dedo de siempre. Parece ser que el anillo decidió jugar a la escondida unos días en aquel guante para luego depositarse solito nuevamente en mi dedo. Seguramente ya extrañaba su hogar. Menos mal que decidí exfoliarme en esa ducha previa al avión. Mi mamá le atribuye la aparición a su queridísimo Espíritu Santo. Yo se la atribuyo a ella, que nunca perdió la esperanza de que iba a aparecer.
Me están llamando a abordar y tengo que cerrar este texto. Aprovecho para dejar por escrito que, por primera vez en mi vida, tengo el presentimiento de que mis valijas no van a llegar, y quizás por eso lo escribo acá: porque sería mucha casualidad escribir esto y tener razón. Y tanta misticidad no tengo, ya fue suficiente con lo del anillo.
Casi a bordo y con medio cerebro dormido (es la 1 a. m.), las palabras brotan porque no quieren subir al avión conmigo. Quieren quedarse en donde pertenecen, en donde fueron pensadas y elaboradas. Quieren quedarse comiendo medialunas esponjosas, comprando algo en el kiosco o en la verdulería del barrio. Quieren agotarse caminando por una ciudad superpoblada pero excitante, quieren sentir que pierden el tiempo como uno lo pierde en el tráfico de Buenos Aires.
Adiós una vez más, Argentina.

